lunes, 2 de agosto de 2010

Oscuridad

Cap.9



El cumpleaños transcurrió normalmente como cualquier otro.

Hubo dos tortas, una de chocolate y nueces que al parecer había traído Connor, y otra Rogel enorme que le había regalado Cailea a Ocean, rodeada de las flores del jardín.

Matt estuvo la mayor parte del tiempo en una esquina un poco oscura, sentado en una silla reclinable de lona junto a su pálida acompañante.



Por fin estaba nadando en las cristalinas aguas. Lástima que lo hacía junto a otras veinte personas.

A pesar de que la piscina era muy grande, no se podía nadar libremente como yo quería.

Estuve menos de quince minutos. Salí justo en el momento cuando los amigos de Connor comenzaron a apuntar a la gente con sus pistolas de agua.

Eran de las enormes y tenían una presión poco común, lastimando al que apuntaban.

Leicia se quedó a jugar, pero eso no era para mí.

Fui a buscar mi pareo que “alguien” había descartado de la reposera donde estaba.

Miré aprensivamente a los chicos que estaban ahora sentados en ella, me lo puse con rapidez y decidí salirme de ese lío cuanto antes.



Me llevé por delante a varias personas, porque iban de acá para allá corriendo y gritando como los adolescentes revoltosos que eran la mayoría.

Me fui caminando a buen paso por el sendero.

De a poco, los gritos se fueron apagando, convirtiéndose en oleadas de murmullos.

El sol fue tapándose por las voluminosas copas de los árboles.

Había olvidado esa parte, pero ya estaba demasiado adentrada para volver atrás.

Unos cuantos metros más y vería la luz nuevamente.

Solo tenía que ser valiente por un rato.



Ya no escuchaba a la gente. El bosque se empezó a poner todavía más oscuro.

La verdad era que no recordaba haberme sentido así cuando venía con Leicia, tal vez porque me concentraba más en lo que me platicaba y también quizá porque íbamos quejándonos de los chicos inmaduros que teníamos por delante.

Vi con estremecimiento como una leve niebla se levantaba desde lo profundo.

Sentía escalofríos intensos, me abracé a mí misma y apuré el paso lo más que pude.

Seguramente me vería ridícula y paranoica desde otros ojos, pero así era yo.

Un revoloteo de alas me hizo saltar del susto.

Empecé a correr como una histérica.

Pero al hacerlo tropecé con una roca bastante grande que sobresalía de entre las pequeñas.

Vi con pavor como una de mis ojotas salía disparada por el aire y descendía en lo hondo del bosque.



Cerré los ojos fuertemente, me quité el pelo mojado de la cara mientras me levantaba.

No podría seguir el camino de esa manera o me lastimaría.

Con muchas ganas de llorar, me dirigí hacia mi nuevo objetivo.

Fui saltando hasta pasar el sendero y llegar al barro, para no clavarme las piedritas.

Cuando llegué me quité la otra ojota, y caminé por entre los abetos y pinos.

Varias palomas enormes, me observaban curiosas desde la altura.

Las miré con escrúpulo y me corrí lo más lejos que pude de ellas por una causa bastante obvia.

Esto me jugó en contra cuando bajé la mirada.

Me había desorientado.



Miré hacia el sendero, todo se veía igual.

Ya no sabía para qué lado quedaba la mansión ni en donde me había caído.

Si el sendero hubiese sido de barro y no de piedras, me podría haber fijado en mis pasos.

No quería arriesgarme a volver a la fiesta, no en ese estado. Con el pareo lleno de barro, los pies igual, y el pelo mojado hecho un desastre.



El ulular de las palomas, me sobresaltó y me hizo seguir caminando.

En algún momento aparecería mi calzado.

La niebla comenzó a hacerse más y más densa conforme avanzaba.

Noté con pavor que ya no vislumbraba mis pies. Me quedé ahí, viendo hacia donde tendrían que estar como una boba.



Así no iba a encontrar nada, así que fui palpando con mis pies.

En algún momento daría con ella.



Una oleada de niebla me sacudió. Miré hacia ambos lados. Nada.

Seguí caminando con las piernas temblorosas. El vello se me erizó en la nuca.

Mi respiración era lo único que oía además del ulular y el revoloteo de las aves.

Un ruido de hojas crujiendo me hizo estremecer aún más.

Volví a mirar a mí alrededor. Otro crujir.

Provenía de lo profundo.

Olvidé mi calzado y comencé a caminar hacia atrás aún escrutando lo hondo del follaje.

Nuevamente un crujir, más intenso que el anterior.

Con los ojos abiertos como grandes platos vidriosos vi como la niebla se revolvía allá al fondo, y algo parecido a un espectro salía de ella.



Sentí como mi cuerpo se daba la vuelta sin dejar que pensara por los menos un momento que era aquello que se seguía formando en la niebla.

Corrí hundiéndome varias veces en el lodo, volví a mirar atrás y ahí seguía ese espectro, sus ojos se habían formado.

Antes de llegar al sendero, volví a mirar y algo me hizo pensar que era un fantasma lobuno.

Corrí hasta la mitad del sendero, olvidando las piedras que me clavé a montones.

Caí sobre ellas, presa del pánico.

Me miré las manos, llenas de marcas y un poco de sangre.

De repente, sentí como se me ponía la piel de gallina.

Miré hacia el bosque. No había terminado conmigo. Allí estaba el fantasmal lobo y se dirigía hacia mí.

Estaba en una curva del camino, por lo que no pude divisar ni la piscina ni la mansión.

No sabía para donde correr. No había tiempo.

Ya estaba a unos metros de mí.

Estaba congelada.

No me podía mover.

Mi respiración se tornó violenta y no podía desviar la mirada de lo que sea que estuviese viendo.

El espectro giró dos veces sobre sí mismo, y de la niebla se formaron cuatro patas y una cola.

Me di cuenta de que yo estaba con la boca abierta en un intento de respirar más aire.

Mi corazón no daría para más.

La bestia se me acercó hasta quedarse bien frente a mí.

Observé con horror su transparencia. Eso no podía ser verdad, no podía estar pasándome.

Abrió sus fauces y vi sus fantasmales colmillos.

Sentí como si unos hilos invisibles me levantaran y me dejaran sobre las piedras, lista para correr.

Eso hice ni bien la información llegó a mi cerebro.

Sentí como la adrenalina me invadía y comencé a correr justo antes de que el lobo me arrebatara una pierna.



Ni bien lo esquivé, comencé a sentir el dolor en mis pies descalzos.

Miré hacia abajo, con lágrimas en los ojos pude darme cuenta de que me estaban sangrando.

El lobo largó un aullido, se estaba acercando.

En un nuevo intento de salvarme me desvié del sendero y comencé a correr por el barro.

Me dificultó también ya que estaba enlodado por la lluvia del día anterior.

Las lágrimas me caían a miles.

“¡Basta!” le grité.

Pero el espectro me seguía y en poco tiempo llegó hasta mi lado y con un zarpazo me tiró al barro violentamente.

No podía entender, si era un fantasma no me podría haber tocado así.

Intenté levantarme pero ya era tarde, tenía una pata enorme sobre mis caderas.

Volvió a aullar mostrando sus enormes colmillos que dirigió hacia mí.

“¡¡NOOOOO!!” atiné a gritar antes de sentir como la sangre se me iba del rostro.



NdA: O.O